
Entrevistamos al autor José Luis Martínez Arvizu con motivo de la reciente publicación de su libro de memorias Espejo de lo que seré (Ediciones Ambríos, 2026), una bella edición ilustrada que recoge las historias de un asilo de ancianos: anécdotas colmadas de dignidad, fragilidad, amor, empatía y sabiduría. En cada capítulo, acompañamos al José Luis de diecisiete años en su encuentro con la vejez y descubrimos, junto con él, que cada personaje es un espejo que también nos invita a mirar hacia nuestro interior.
“Un abrazo, una conversación sencilla, un rato de compañía puede transformar el día e incluso la vida de quienes están en sus últimos años. Y eso es algo que nunca olvidé”.
1. ¿Cómo surgió el interés por convertir en un libro tus experiencias en el asilo?
R: El interés no nació de un día para otro. Hace unos veinte años ya tenía la inquietud de escribir sobre lo que viví en el asilo, pero en aquel momento la idea no prosperó. Aun así, las anécdotas tanto aquellas que cuento como las que se quedaron fuera siguieron conmigo. Permanecieron ahí, latentes, modelando mi manera de mirar, de entender y de relacionarme con los demás.
Hace poco, mientras revisaba unos álbumes de fotos, apareció la imagen que hoy es la portada de la obra. Algo se encendió. La idea regresó con una fuerza que no esperaba. Empecé a escribir sin saber si aquello terminaría solo en un intento. Pero las palabras comenzaron a fluir con una intensidad que me sorprendió. Cada recuerdo llamaba a otro, y ese a otro más, hasta que entendí que había una necesidad que nunca había nombrado: la de dar testimonio. Quise evitar que esas vidas se perdieran sin dejar rastro. Sentí que merecían ser recordadas, y no solo recordadas: celebradas. Este proyecto nació de ese impulso.
2. Al tratarse de tu primera obra, ¿cuál fue el mayor reto al escribirla?
R: Atreverme a escribir no fue sencillo. Siempre he sentido un respeto enorme por quienes viven de las palabras, por quienes tienen el oficio de construir mundos y conmover a otros. Yo no vengo de ahí. Lo que escribí nació más bien desde la necesidad de honrar lo que viví y de darle un cauce a recuerdos que nunca dejaron de acompañarme.
Debí soltar la estructura mental que me ha dado mi vida profesional. Los números ordenan, ponen límites; la memoria no. Tuve que quitarme ese traje y volver, aunque fuera por instantes, al joven que fui, con toda su inexperiencia y su impulso por avanzar sin medir demasiado. Mirarlo desde el presente no fue sencillo. Tenía mucha emoción, pero también el temor de no estar a la altura de lo que quería contar.
Ese contraste entre la disciplina de los números y la delicadeza de los recuerdos fue el verdadero desafío. Pero ahí encontré el tono de lo que narro: uno que no busca perfección, sino sinceridad.
3. ¿De dónde nació el tono con el que están narradas estas historias?
R: Todo partió de algo muy simple: de la forma en que siempre he contado estas historias. No tuve formación literaria ni seguí ninguna guía; simplemente escribí como hablo cuando recuerdo algo que fue importante para mí. No quería técnicas ni estructuras, quería que se sintiera cercano. Para mí era importante que quien leyera pudiera entrar a esas escenas como si estuviera ahí, escuchándome contar lo que viví. Así las he narrado toda mi vida, y así decidí dejarlas por escrito: con sencillez, con honestidad y sin pretender más que compartir lo que quedó en mí después de aquellos años.

4. En la sociedad actual, ¿qué importancia tiene fomentar una mayor cercanía y empatía hacia las personas mayores?
R: En nuestra sociedad duele ver cómo las personas mayores suelen quedar relegadas, casi como si su vida ya no contara. Pero siguen ahí: sintiendo, necesitando, enfrentando los retos que les presenta su propio deterioro con el paso del tiempo y, aun así, luchando por conservar una dignidad que a veces no sabemos mirar. Lo más triste es que muchas veces olvidamos eso incluso con nuestros propios padres y abuelos.
Fomentar una mayor cercanía no es solo un gesto de bondad; es un acto de justicia. Ellos cargan historias que nadie más puede narrar. Y cuando los acompañamos, aunque sea por un rato, algo se mueve en ambos sentidos.
Acercar a los jóvenes a acompañar a los ancianos es, en realidad, tender un puente entre dos mundos que cuando se encuentran, cambian. Yo lo viví: llegué al asilo creyendo que iba a ayudar, y terminé descubriendo que también me estaban formando, que me estaban enseñando otra manera de mirar la vida. Esa experiencia me transformó, y sé que puede transformar a muchos más.
5. Hablas de la importancia del acompañamiento familiar en los asilos. ¿Qué diferencia crees que hace esta presencia en la vida de los residentes?
R: Cuando estuve en el asilo era muy joven, y desde esa edad uno no entiende de matices. Yo juzgaba con dureza a los familiares que solo aparecían para las visitas de doctor o que, aun estando ahí, parecían tener la cabeza en otro lado. Con el tiempo entendí algo que entonces no podía ver: la vida adulta trae consigo ritmos, responsabilidades y límites que a veces no permiten estar tanto como uno quisiera.
Aun así, había algo que me dolía profundamente. Lo vi muchas veces: residentes que esperaban una llamada, una visita, una señal mínima de sus hijos o nietos. Para ellos, ese gesto era todo. La soledad en un asilo puede ser brutal, y la presencia familiar, aunque sea breve tiene un peso enorme. No solo aligera su carga emocional; les devuelve un sentido de pertenencia, una razón para seguir en este mundo.
La diferencia que hace esa presencia es inmensa. Un abrazo, una conversación sencilla, un rato de compañía puede transformar el día e incluso la vida de quienes están en sus últimos años. Y eso es algo que nunca olvidé.
6. ¿En qué momento te diste cuenta de que no eras tú quien iba a ayudar, sino quien estaba siendo transformado por esa experiencia?
R: No hubo un solo momento, sino una serie de pequeñas señales. Yo iba al asilo convencido de que estaba ahí para ayudar, pero con el tiempo empecé a notar algo que me desconcertó: la manera en que la gente me miraba. Las monjas, los residentes, incluso personas fuera del asilo que sabían de mi voluntariado. Ellos veían en mí un cambio que yo todavía no alcanzaba a reconocer.
Lo que pasaba dentro de mí era difícil de percibir, pero en los otros se volvía evidente. Fue a través de la forma en la que me miraban y me trataban que entendí que algo se estaba moviendo en mí. A pesar de mi juventud y de todo lo que aún me faltaba por madurar, empecé a comprender que no era yo quien estaba “dando” algo. Era yo quien estaba recibiendo.
Ahí descubrí que esa experiencia me estaba moldeando y enseñando a mirar distinto y a escuchar de otra manera. Y fue entonces, casi sin notarlo, que entendí que el voluntariado no me había llevado a transformar vidas, sino a permitir que la mía empezara a transformarse.

7. El libro plantea la vejez casi como un espejo adelantado. ¿Qué fue lo más difícil de reconocer en ti mismo a partir de ese reflejo?
R: Cuando era joven podía ver el contraste entre mi vitalidad y la debilidad de la senectud, pero esa distancia me hacía creer que mi propia vulnerabilidad estaba muy lejos. Miraba ese horizonte como algo ajeno. No tenía la madurez para entender que, en realidad, estaba viendo un adelanto de mi propio camino.
Esa comprensión no llegó entonces. Llegó treinta años después, cuando empecé a notar en mí los primeros signos del desgaste: la fuerza que ya no es la misma, la agilidad que se va moderando y, poco a poco, mi falta de audición, que desde niño se había mostrado, empezó a hacerse más evidente. Fue ahí cuando entendí, con una claridad que me sorprendió, que aquello que vi en el asilo no era solo la vida de otros: era un espejo adelantado.
Ese reflejo, que en mi juventud parecía lejano, ahora está más cerca. Y reconocerlo fue impactante. No con miedo, sino con una lucidez que me ha hecho mirar el ocaso con una empatía distinta y más madura. Hoy sé que lo que viví en el asilo no solo me mostró la fragilidad de ellos, sino la mía. Y esa conciencia me acompaña, y me recuerda que todos caminamos hacia el mismo lugar.
8. De todas las personas que aparecen en el libro, ¿hubo alguna historia que te haya cambiado de forma más profunda o inesperada?
R: Cada persona que aparece ahí representa un fragmento de mi propia historia. Todas, a su manera, me dejaron algo: una enseñanza, una mirada distinta o un gesto que aún recuerdo. Pero hubo experiencias que me marcaron de forma inesperada.
Pienso especialmente en una residente que vivía con Alzheimer y con la que desarrollé un cariño y un vínculo muy particular. Un día, su hija me dijo algo que me dejó sin palabras: que su madre esperaba mis visitas con más ilusión que las de ella. No lo dijo con reproche, sino con una mezcla de sorpresa y gratitud.
Escuchar eso a mi edad fue desconcertante. Yo no imaginaba que pudiera significar tanto para alguien que había vivido ya casi toda una vida. Ese comentario me hizo detenerme y mirar con otros ojos lo que estaba ocurriendo. Me di cuenta de que, sin proponérmelo, estaba ocupando un lugar emocional importante para ella. Y que ese lugar no tenía que ver con hacer grandes cosas, sino simplemente con estar ahí, con acompañarla, con verla.
Esa historia me tocó porque me reveló algo que no había entendido: que el voluntariado no solo transforma a quienes reciben compañía, sino también a quienes la ofrecen. Me mostró que, incluso desde mi juventud e inexperiencia, podía ser un punto de luz en la vida de alguien. Y ese descubrimiento, tan inesperado, dejó una huella profunda en mí.
9. ¿Cómo fue volver a encontrarte con el joven que fuiste en aquellos años?
R: Volver a encontrarme con el joven que fui fue mirarlo con una mezcla de ternura y claridad. Reconocí sus dudas, su impulso por avanzar sin saber bien hacia dónde, y entendí que hacía lo que podía con lo que tenía. No fue un regreso doloroso, más bien una forma de agradecerle lo que sostuvo en su momento y lo que, sin darse cuenta, me dejó para el camino.
10. ¿Qué reflexiones te gustaría que los lectores se lleven después de leer tus memorias?
R: Me gustaría que los lectores, sin importar su edad, se queden con la conciencia de que la vida es breve y profundamente vulnerable. No solo la de nuestros ancianos: la de todos. A veces creemos que la vejez es un lugar lejano, pero basta mirar con atención para entender que todos caminamos hacia ahí, paso a paso, casi sin darnos cuenta.
Si tienen todavía a sus viejos cerca, ojalá descubran que un gesto sencillo puede iluminarles el día: una llamada, una visita, una sonrisa, un abrazo. Son actos pequeños que, en ellos, se vuelven enormes. Y para quienes ya no tienen a nadie de esa generación, o para quienes aún son muy jóvenes, la reflexión es otra: aprender a mirar la vulnerabilidad humana con más compasión, empezando por la propia.
La presencia, cuando todavía es posible, es un regalo compartido. Para ellos, porque confirma que siguen siendo importantes y para nosotros, porque el día de mañana esa memoria será consuelo en medio del duelo.
Si algo deseo que permanezca después de leer estas memorias es esto: no esperen. El cariño que se da en vida ilumina; el que llega después solo reconforta. Y aunque ambos son necesarios, uno puede cambiar una historia y el otro solo puede acompañar la ausencia.






